El pasado 2 de octubre, cuando las luces del Palacio Vistalegre de Madrid se apagaron, sentí un nudo en el estómago muy difícil de explicar con palabras. A medianoche era mi cumpleaños (3 de octubre), pero el verdadero regalo empezó un par de horas antes: después de más de veinte años teniéndolos como banda sonora de mi vida, iba a ver a Evanescence en directo por primera vez.
Nunca había coincidido con ellos. Por fechas, por falta de dinero cuando era una cría, por circunstancias de la vida… Siempre se me habían escapado entre los dedos. Y estar allí no fue una simple cobertura de prensa más. Además, la crónica como tal ya la ha publicado El Jevilongo.
Esto es otra cosa.
Esto es la necesidad de saldar cuentas conmigo misma y con la propia escena oscura: ¿por qué una banda que definió la identidad de tantas personas fue tan injustamente tratada por el purismo alternativo, y qué significa ver cumplido ese sueño cuando ya eres una mujer adulta?
El pecado de existir en las radiofórmulas
Cualquiera que viviera la explosión de Fallen en 2003 recordará el seísmo cultural que supuso. Y, sobre todo, el desdén inmediato con el que reaccionó una parte importante de la escena oscura más elitista.
Para el sector más rancio y elitista tanto del tradgoth como del truemetal, Evanescence cometió el peor pecado imaginable para cualquier tribu urbana o subcultura de nicho: tener un éxito.
De la noche a la mañana, una estética que pertenecía a los márgenes (los corsés victorianos, el encaje negro, el terciopelo desgastado, las cruces y el dramatismo) estaba saliendo en Los 40 Principales y acaparando la rotación diaria de la MTV.
La respuesta fue la predecible: «Eso no es gótico de verdad, es nu metal con corsés», «Eso no es metal, espop comercial con distorsión», «Es un producto prefabricado para adolescentes intensas», «Son unos poser».
Siempre ha existido un clasismo de nicho absurdo que asume que si algo conecta con millones de personas, automáticamente pierde su legitimidad artística. Pero si apartamos el esnobismo y analizamos la música con rigor histórico, la realidad es la que es:
Y es que, guste o no a los puristas tanto de la subcultura gótica como de la tribu urbana del metal, Evanescence fueron capaces de mezclar elementos del metal gótico con otros del rock alternativo americano y llevarlos hasta el mainstream.
Las atmósferas lúgubres, las progresiones en tonos menores, el piano clásico de corte romántico, las orquestaciones cinematográficas y la voz lírica de Amy Lee sobre guitarras pesadas… Todo ese lenguaje que bandas europeas llevaban años trabajando en circuitos de nicho encontró en ellos una fórmula brillante, arrolladora y accesible.
La deuda de las «Baby Bats»
A menudo se nos olvida lo aislado que te podías sentir a principios de los 2000 si eras un bicho raro que no encajaba en los cánones del instituto. En una época en la que internet aún no nos daba comunidades enteras al alcance de un clic, encontrar un asidero era una cuestión de supervivencia emocional.
Yo, de hecho, les debo parte del soundtrack de mi adolescencia.
Amy Lee no solo nos regaló canciones para desahogar la rabia, la pérdida o la incomprensión en la soledad de nuestra habitación: nos dio un referente. Nos enseñó que se podía estar al frente de una banda de guitarras pesadas con elegancia, con vulnerabilidad y con una estética oscura sin pedir disculpas por ello.
Para muchísimos de nosotros, Evanescence fue el caballo de Troya. La chispa que encendió el fuego. Empezabas fascinada por ellos y, tirando del hilo de la curiosidad, terminabas descubriendo a Theathre of Tragedy, Type O Negative, Lacuna Coil, Lacrimosa o HIM.
Y de ahí, o pasabas del metal gótico a descubrir el rock gótico y la música real de la subcultura, o te adentrabas en otros subgéneros del metal (o, como fue mi caso, ambas cosas).
Despreciar a la banda que sirvió de puerta de entrada a las sombras para toda una generación siempre me ha parecido una muestra de miopía imperdonable. Llamadlos como queráis: metal gótico, pop oscuro o rock alternativo. Pero son la banda sonora no de una, sino de varias generaciones.
Veinte años esperando este momento
Tener esa banda sonora grabada a fuego en la memoria y enfrentarte por primera vez a su directo con treinta y tantos años es una experiencia que te desarma.
Se ha dicho con bastante cinismo en los últimos tiempos que Evanescence se ha convertido en «una reliquia del pasado» o que como «ya solo queda Amy Lee» de la formación original, la banda ya es historia. Pero estar en ese concierto desmontó cualquier prejuicio de un plumazo.
Amy Lee no solo conserva una voz portentosa y extraterrestre (capaz de pasar del susurro íntimo frente al piano a un torrente metalero devastador sin pestañear), sino que la banda que la acompaña suena como una auténtica apisonadora.
Pero lo que verdaderamente me conmovió fue el público:
- Éramos miles de personas de mi generación que llevábamos toda una vida esperando este instante.
- Había una marea inmensa de chavales jovencísimos que ni siquiera habían nacido en los 2000, cantando cada estrofa de los temas nuevos y de los clásicos.
- Y personas mayores disfrutando de la madurez de una banda que no ha venido a vivir de las rentas.
Evanescence no se subió a ese escenario a despedirse de nadie ni a montar un ejercicio de nostalgia barata: tocaron con la contundencia de una banda que sigue viva, que continúa creando y que tiene presente y futuro.
Y, de hecho, estuvieron teloneados y acompañados por las nuevas promesas del female fronted metal: las Nova Twins en primer lugar calentando el recinto, y una rompedora Poppy que salió a hacer su show antes de que llegase el plato principal (y que más tarde volvió a aparecer en el escenario a acompañar a Amy Lee en el dueto de su colaboración juntas).
El abrazo a mi niña interior
Cuando por fin sonaron los acordes de «Bring Me to Life» y, sobre todo, cuando el recinto entero se quedó en penumbra para corear la fragilidad de «My Immortal» al piano, no pude evitar que se me saltaran las lágrimas.
En ese momento exacto sentí que se cerraba un círculo. Me vi a mí misma con quince años, encerrada en mi cuarto, soñando con el día en que pudiera cantar esas mismas frases en directo. Haber tenido que esperar dos décadas para vivirlo, y hacerlo justo en la víspera de mi cumpleaños, convirtió esa noche en algo sagrado.
A veces, al hacernos adultos, nos volvemos demasiado severos con nuestros orígenes. Aprendemos más de música, nos volvemos críticos y casi parece que tenemos que justificar o pedir perdón por los discos que nos marcaron en la adolescencia.
Qué estupidez.
Para mi baby bat interior, este concierto ha sido el mayor regalo posible: un abrazo sin complejos a la chica que fui y la certeza de que la música que te sostiene cuando todo lo demás se cae, nunca deja de pertenecerte.
Confesiones de tocador
¿Os ha pasado alguna vez eso de tardar años (o décadas) en ver en directo a esa banda que os marcó de adolescentes? ¿Fue Evanescence vuestro primer contacto con los sonidos oscuros o llegasteis a ellos más tarde?




